sábado 6 de noviembre de 2010

Entropía humana

Pintar el cuerpo desnudo es meditar en la transformación intrínseca del ser como entidad fragmentaria de un territorio predilecto para la divulgación del conocimiento. Al traspasar los sentidos de la piel, comenzaríamos a hurgar el nacimiento de la imaginación hacia el interior inefable del alma, así trasmutando la razón de su esencia viva, aunque por una brevedad del momento. En este contexto, la pintura sería el medio idóneo para plasmar la abstracción del cuerpo, pues revistiéndolo, asimilaríamos su desnudez en una manifestación pictórica, tan efímera como la de su propio mecanismo respirando adentro. Su forma, función y belleza son un vehículo de movimiento para experimentar el intervalo de un espacio ocupado en el tiempo. En cambio, su totalidad fragmentaria, es lo que permite contener en sí toda la amplitud infinita de la vacuidad donde se ubica.

Ocupar ese espacio indefinido del ser es desfigurar la noción del cuerpo mismo en un nuevo entendimiento de su estado íntimo. Y es que, nada hay más vasto que el propio vacío que uno es capaz de llevar por dentro; pues en el fondo de todo ese abismo vacante no hay nada, sólo existe el hambre insaciable de querer ocuparlo con todo. Es un verdadero “horror vacui” el de querer devorar la dimensión del cosmos en la complacencia atiborrada del cuerpo repleto. Algo inspirado en la idea del vacío que predomina como cualidad característica del espacio. La plena capacidad de poseer aquella dimensión vacua donde se contienen cuerpos con independencia de ellos. Es decir que el espacio nunca es la materia propia de los cuerpos, sino el intervalo de ausencia que llenan y cargan por dentro.

Para construir el documento fotográfico de la obra, decidimos ocupar el vientre de la tierra como escenario de un eterno retorno hacia el origen ancestral de nuestra propia existencia. Quisimos hacer alusión a la idiosincrasia materna del territorio, aprovechando un sumidero de roca encontrado a la orilla del mar. Nos apropiaríamos de la posa para recrear la idea de una placenta, que ante esta conjetura, concebiríamos con la sensación de regresarnos al estatuto primigenio del cual todos procedemos; no obstante, ocurriría también un renacimiento de identidad en el pleno fenómeno vital de la conciencia terrestre, de entender el entorno como registro de nuestro sepultado patrimonio cultural. Coordinamos nuestros esfuerzos en colaboración con Nina Méndez Martí (fotógrafa) y Bibiana Celeste, quienes encarnaron la imagen precisa de esta fantasía colectiva hasta evocarla en una realidad concreta.





1 comentarios:

  1. Queridos compartidos: me asomo por vez primera a vuestro blog (gracias a que rubén ibarreta, fotógrafo, lo descubrió y me habló de él entusiasmado)Así que he aprovechado esta mañana soleada y fría de Barcelona y me he adentrado en vuestro universo, hasta El Tiempo es Habichuelas. Quiero deciros que vuestro trabajo me fascina, me he reído y me he emocionado con varias de vuestras propuestas. Tanto las imágenes como la argumentación del proceso son un material precioso y fecundo que ha tenido el maravilloso efecto de inspirarme. Os doy las gracias por vuestro arte y os envío un abrazo compartido. Hasta pronto. Eva Hibernia

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