jueves, 22 de diciembre de 2016

Campamento Coralino


En diciembre del 2014 nos invitaron a la isla de Culebra, Puerto Rico, con el motivo de ejecutar intervenciones artísticas en el espacio público, así congregarando a la comunidad local en una experiencia cultural promovida por el festival de arte, Culebra es Ley. Gracias a la gestión curatorial de Alexis Bousquet a través de Studio 787, más la logística de la Fundación de Culebra, tuvimos el privilegio de convivir en la isla con un grupo de artistas lo suficiente tiempo como para asimilarnos dentro de su contexto sociocultural y desarrollar ideas pertinentes ante las circunstancias actuales. 


Uno de esos días que estuvimos explorando Culebra a través de la pesca, descubrimos la playa Dátiles que aún nos faltaba por conocer. En realidad andábamos con la atarraya en busca de sardinas para pescar, cuando nos percatamos en el mapa de un formación geológica en el paisaje de la isla, idónea como ensenada para la actividad de los peces que se refugian entre las costas concordantes. Sin dudas sabíamos que merecía la pena investigar esa ensenada porque prometía ser un perfecto lugar para la pesca de sardinas con atarraya.

Llegar a la playa Dátiles no fue un trayecto tan fácil como aparentaba desde el mapa, debido a que el averiado camino que le ofrece su acceso, estaba bastante deteriorado. Aunque geográficamente la playa se encuentra tan próxima al puerto, poca gente prefiere explorarla por la insegura ruta que conduce hacia ella. La gran mayoría de los turistas nunca conocen de esta ensenada por el simple hecho de que es un lugar marginado por la infraestructura turística, cuyo plan actual de comercio en la isla, solo prioriza en los destinos de interés económico para el municipio.


En aquel entonces todavía ni existía rotulación de cómo se llamaba la playa ni por dónde se accedía, pero tampoco nos quedaba de otra más que explorar el camino a la aventura de lo que pudiera ocurrir en el trayecto. Para llegar tuvimos que meternos por un camino de tierra poco transcurrido, roto y con cuestas de lodo, que a primera instancia, ni aseguraban el posible retorno. En realidad ni sabíamos que esperar de lo que habría allá abajo, pero comoquiera nuestras expectativas jamás hubieran adivinado lo que de sorpresa allí encontramos. Para nuestro asombro, ya habían habitantes en la playa viviendo en casetas de campaña, pero además ocupaban toda la costa de la ensenada. Habían tanques de gas, estufas, cisternas de agua potable, letrinas, barbacoas, carpas, mesas, sillas, hamacas, neveras de hielo, canastas de basura separadas para el reciclaje, lámparas, equipos de pesca, kayacs, etc. Todo bien organizado, recogido y puesto en su sitio. A siemple vista  parecía aquello un campamento de gitanos bien instaurado en la costa del sur de Culebra.





Un poco intimidados por la sensación de sentirnos intrusos dentro de una comunidad a la que aún desconocíamos, estacionamos el carro en silencio, así evitando molestar al que tomaba la siesta en su hamaca. Enseguida nos topamos con un muchacho que cordialmente nos recibió con un saludo. Nos explicó brevemente de qué se trataba la ocupación del campamento en la playa, confirmándonos que no habría ningún problema con nuestra presencia allí. Reiteraba además en que estábamos bienvenidos a aprovechar de las facilidades que el campamento le ofrecía al visitante.


Resulta que aproximadamente un año antes, el pescador Don Luis, conocido en la isla por todos como Chande, decidió establecerse en la playa de Dátiles, tanto por protegerla en reclamación por los pecadores locales, como también por aislamiento personal a partir de una trágica peripecia familiar en su vida. Allí lo conocimos y nos habló de su causa comunitaria y ecológica ante la defensa del territorio que se encuentra en planificación del desarrollo turístico. Nos comunicó como su protesta ante la privatización de la playa era de una manifestación inclusiva, resistiendo y persistiendo con el apoyo de muchos que se preocupan por jamás perder el acceso público a este lugar tan especial para la pesca. Decía que allí todos defendían la playa ante el desarrollo turístico en el litoral, no solo por qué obras de esa índole privatizan, sino también porque impactan negativamente el ecosistema marino del que los pescadores dependen para sobrevivir en la isla. Escucharlo hablar de todo esto era sencillo para cualquiera comprender como su reclamo por la playa era una lucha justa y necesaria para la comunidad local, puesto que irrumpir contra la agenda de privatización y desarrollo costero, además era frenar con la agenda de interés capital que sólo beneficiaría una clase social a la que los pescadores humildes jamás pertenecerían.


Según Chande, contaban con la aprobación del municipio para ocupar la playa. Decía que había conseguido ese permiso porque se comprometía a compartirla con quienes la visitaran, nunca importando el estrato social al que perteneciera el destinatario, ni su lugar de procedencia. Aquí los pescadores desamparados, sin casa, sin dinero para pagar alojamiento o que navegaban entre islas pescando sin descanso, encontrarían siempre un aposento gratis para pernoctar, recuperar del viaje y partir en su travesía.


Todo esto nos pareció un escenario interesantísimo para exponerle al público interesado en el evento artístico que transcurría por la isla lejos del campamento de resistencia en Dátiles. Con Chande conocimos la historia de la playa, pescamos, cocinamos la pesca juntos y compartimos la comida proponiéndole ideas para dar a conocer su reclamo por el territorio. El viejo, súper simpático y hospitalario, nos contó de su visión con el campamento y de lo mucho que apreciaba, especialmente en esta nueva etapa de su vida, la hermandad, la compañía y la solidaridad frente a la protección del medio ambiente. Se reía de cómo le llaman a su campamento de chiste el Chupi Camp, pero también lamentaba lo poco que la gente comprendía su causa ecológica en el sitio y su valiente aportación ante la conservación del entorno natural donde se ubica.


Ambos quedamos locos con el paisaje, con el campamento y con el personaje que guardaba la playa, por lo que decidimos exaltar el entusiasmo por la defensa del territorio con la creación de un emblema escultórico, uno que vislumbrara sobre el asunto ignorado por el turismo en la isla. Visualizábamos un punto de referencia erigido en el mar, pero mirando hacia la tierra con un fuerte sentido de pertenencia ante el territorio. Un punto de encuentro que además fijara en el emplazamiento lo que representaba la ocupación de la playa para el campamento de Chande. Curiosamente, los documentos históricos de Culebra relatan la explotación de este arrecife con la extracción del carricoche en la confección de cal para los trabajo de mampostería en la isla.


Al día siguiente regresamos a la playa de Dátiles con la voluntad y el plan de levantar un Campamento Coralino dentro del mar. Ya teníamos el emplazamiento escogido y la idea de cómo ejecutar la obra minimizando nuestra huella de impacto nocivo sobre el medio ambiente. Por el blanqueamiento de los arrecifes debido el calentamiento global y el desprendimiento del fondo submarino a causa de la actividad humana, las corrientes marinas habían formado un depósito de materia inerte frente a la ensenada de Dátiles. Una especie de barrera encerraba la ensenada protegiendo a su vez la playa del oleaje y las corrientes. Lo que nos gustó de ese sitio dentro del mar fue lo sugerente que podía ser como  y isla y a la vez barrera geológica, así implicarse en el propio concepto de lo que representa un campamento de resistencia. Ese banco blanqueado de corales muertos, en su función natural, también estaba vivo y activo, servía de frente protectora contra los efectos de la erosión costera. Como esta barrera inerte protege la costa del oleaje y además brota sobre la superficie del agua cuando seca la marea, se nos ocurrió configurarla en una especie isla con  forma de útero. Algo que hablara del albergue, de la protección, de la resistencia y del acto de emerger insulado con un reclamo vulnerable ante las inclemencias de tiempo.


Un día completo sin descansar le dedicamos a la construcción de la obra, así arreglando el depósito de los corales muertos con el uso solamente de nuestra propia fuerza para cargar cada pedazo del coral desprendido y ponerlo uno encima del otro. Todo lo trabajamos allá fuera, dentro del mar y bajo el sol ardiente del Caribe. Poco a poco empezaba a llegar la gente al campamento, regando la voz para contarles a otros lo que hacíamos en la playa. Chande, contento con la inusitada visita de tanta gente nueva, compartía la barbacoa, las hamacas, las sillas y los kayacs con todo el que llegara interesando en conocer del sitio. Animaba a los espectadores a que se montaran en sus kayacs para visitarnos en el arrecife y ofrecernos alimentos o bebidas mientras trabajábamos. Lo que queríamos lograr del banco de corales muertos era una transformación física sutil, aunque también una conceptualmente contundente con el contexto histórico del carricoche. Una obra en donde penetráramos al medio y pensáramos en el umbral de un eterno retorno al vientre materno de la tierra. Fantaseábamos con hacer de la intervención un lugar de estar, de reflexionar ante el medio ambiente, un sitio en donde el espectador pudiera llegar a contemplar la playa desde el mar y guarecerte del sol bajo el emblema de la resistencia contra la privatización de un paisaje que a todos nos pertenece. Cuando la marea subía, también los peces pequeños buscaban alojamiento en el interior de la obra, permitiéndole a los pescadores con la perfecta emboscada para atrapar sus carnadas. No obstante, cuando secaba totalmente la marea, también se convertía aquello en un islote perfecto para hacer un fuego protegido del viento. Cocinábamos la pesca fresca en una barbacoa dentro de la obra y nos echábamos unas risas con las historias de pesca que nos contaba Chande. Más y más se reunía la gente frente a ella a descubrir una experiencia estética inmersa en el mar y en contacto directo con el medio.


Apenas terminamos de construir la obra cuando se empezaba a poner el sol. Esa misma noche de luna llena inauguramos el Campamento Coralino, aprovechando la marea seca para encenderle adentro una fogata bajo las estrellas. Aquello en la oscuridad parecía un volcán en su poder insular; con el fuego bajo el plenilunio, celebraba lo insólito de ser isla como objeto de contemplación y escape de energía tectónica. Lo interesante de esta obra ya no estaba tanto en la pregunta de cuánto tiempo podría durar, sino en ver cuantas veces persistiría ante el derrumbe con sus reconstrucciones, pues cada vez que se nos derrumbaba se recomponía en una estructura aun más fuerte.


Hasta el día de hoy, y aunque el mar muchas veces le ha reclamado su forma, todavía hay quienes visitan el Campamento Coralino para volverlo a restaurar. Lamentablemente y dos anos después con exactitud luego de las elecciones del 2016, el municipio mando una brigada para remover el campamento de Chande. Lo obligaron evacuar, rotularon el camino e instalaron facilidades de picnic en la orilla. Ya no hay campamento de resistencia en Dátiles, ni un guardián del Monumento Coralino. A veces Chande regresa caminando a la playa porque reconoce que ese es su sitio y la ocupa solamente con su presciencia, pero eventualmente se tiene regresar. Sin embargo, todavía allí está la obra y su forma un poco transformada por la aportación de tantos que la intentan restaurar. Encontrarla todavía erguida sin nuestra intervención nos hace pensar en aquellos emblemas que también desafían su desaparición por lo que significan para otros y no tanto por lo que constituyen estructuralmente como objetos de permanecía. Ahora nos damos cuenta como algunas de estas ideas atemporales logran su eterna vigencia gracias a una fuerza común que nutre su poder de resistencia: mientras sigan haciendo frente por la causa justa de muchos, nunca se rendirán ante lo que representen para todos. El verdadero monumento emblema no tiene que ver nada con su escala o durabilidad, sino que existe en la complacencia de la memoria colectiva y perdura con la capacidad de simbolizar a lo largo de lo que todos reclamemos con un sentido de pertenencia.



viernes, 2 de diciembre de 2016

Perigeo


Estas fotografías corresponden a la documentación que realizamos en la playa de La Finca La Esperanza en Manatí, Puerto Rico durante la última súper luna del 2014. Esta súper luna llena coincidió con la época de la cobada que anticipamos con el propósito de ejecutar esta intervención ecológica. El proyecto trató de una devolución de los caracoles que han sido ilícitamente extraídos de las playas de Puerto Rico por la pesca clandestina del Burgao, pero sobre todo, con el motivo de reinsertarlos nuevamente en el ecosistema al que pertenecen, así recuperándoles su función biológica como refugio para el cangrejo ermitaño.


Para realizar el proyecto, recolectamos miles de caracoles vacios y desechados por los pescadores que extraen el molusco, aún cuando esta en veda. Limpiamos los caracoles, los organizamos en orden de tamaño y los instalamos en la forma circular de un diseño alusivo, tanto a la estructura en espiral del propio caracol, como también a la fase de luna que guía al cangrejo ermitaño en la noche durante la época de la cobada. Es lamentable lo que sucede con esta pesca vedada, puesto que cuando se practica con negligencia, impacta el ecosistema negativamente, haciendo mermar este recurso para los cangrejos ermitaños que dependen del caracol para sobrevivir. Los pescadores extraen el molusco ilegalmente y sin conciencia de cómo agotan los recursos marinos hasta para ellos mismos, luego los desechan en la basura para desaparecer las evidencias de su práctica clandestina. La carencia de caracoles en las playas ha repercutido con la consecuencia de que los cangrejos ermitaños, quienes no producen su propio caracol, ya no encuentren los necesarios para sobrevivir. Chapas, tapas, casquillos de balas, jeringuillas usadas, huesos y un sinnúmero de objetos plásticos se han convertido en sus hogares provisionales. La gran mayoría de la población muere debido a que nunca encuentra las condiciones óptimas para sobrevivir en el remedio de estos objetos plásticos. Nuestra aportación es devolver los caracoles extraídos a donde corresponden, así creando un intercambio directo con los cangrejos ermitaños: les regresamos los caracoles que necesitan, y ellos, recíprocamente, nos entregan la basura que han tenido que habitar por desesperación.



jueves, 29 de septiembre de 2016

Nicho Epífito


La obra, Nicho Epífito, queda ubicada en el jardín del Museo de Arte Contemporaneo de Puerto Rico. La comisión se realizó con el motivo de conmemorar el 30 aniversario del museo. Para esto, ambos decidimos proponer un proyecto de intervención efímera que, sinuosamente, reflexionara acerca del nido, en su amplia definición, como metáfora propia del servicio cultural al que la institución se ha ofrecido desde su origen. No cabe duda que el MAC le ha brindado vitalidad a la comunidad Santurcina en donde se encuentra y diversidad a la plataforma artística del país, funcionando a su vez como laboratorio de germinación profesional para muchos creadores o gestores culturales del patio. Por tal razón, quisimos sembrar en el jardín del museo una obra conmemorativa que reflexionara acerca del nicho ecológico de las aves, no solo como símbolo del hogar para la libertad del conocimiento creativo, sino también como metáfora misma de la propia naturaleza sociocultural que ha caracterizado a la institución museística por tantos años.
El concepto del nicho ecológico en el campo de la biología se refiere a la función que ejerce un ser vivo en relación a su entorno. Esa alteración del hábitat que ha sido efectuada por el comportamiento de supervivencia en cualquier especie, se denomina como “construcción del nicho”. No obstante, aquellos recursos naturales utilizados para los propósitos de una especie, siempre pudieran mermar frente a la existencia de otras que también dependen de los mismos recursos. En esta situación de interferencia se obligan a solapar los nichos individuales bajo una competencia interespecífica entre diferentes especies. Pudiéramos observar que el fenómeno del nicho es muy extendido por todo el reino animal, incluyendo a los seres humanos. Las represas construidas por castores, las telas de las arañas, los nidos de las aves, los panales de abeja y los hormigueros son algunos ejemplos de las construcciones de nichos más comunes. Nosotros, como artistas, aprendemos de estas estructuras y dejamos manifestar nuestra intuición animal de construcción en el proceso creativo, así logrando una obra que exprese el comportamiento del nicho en relación a la actividad humana.


Estas estructuras parecen nidos porque reflexionan acerca de estos conceptos mencionados y se cuestionan cómo las personas de igual forma modifican el paisaje en nombre de la cultura. Estos nidos son diseños tributarios de la naturaleza y símbolos de la fecundación en representación de un mundo cíclico que debe regenerarse sin pausa. Queremos hacer obras que mantenga una relación directa con la realidad biológica del territorio natural que habitamos y que nos permitan extrapolar conceptos sobre la competencia interespecífica que todo individuo necesita superar para sobrevivir en el ecosistema. Con esta obra, pretendemos evocar en el espectador temas acerca de la sustentabilidad y cómo pudiéramos maximizar el uso de los recursos naturales para desenvolvernos mediante un nuevo hábito de coexistencia respetuosa con el medio ambiente.


Hay que entender que los jardines urbanos no son solamente espacios arquitectónicos destinados para la recreación de las personas que lo visitan, también sirven, en su naturaleza, como albergues para cobijar una biodiversidad de aves y otros animales que han quedado desamparados por el desarrollo del entramado urbano. Después de todo, esa consideración por la vida animal también favorece nuestro propio bien estar en el jardín y hace atractiva la visita de personas queriendo recrearse en un ambiente que intenta asemejarse más a los parajes naturales que tanto nos producen admiración.


No obstante, los pájaros difícilmente habitan nidos que no hayan sido construidos por ellos mismo, por lo que tomó un tiempo en lo que adaptaran su forma en utilidad, sin embargo, considerar la actividad animal para utilidad de la obra, de por sí, ya es asumir desde el comienzo una constructiva actitud de aceptación por lo que se transforma mediante el fenómeno natural. Nos gusta pensar que en el proceso de construir estos nidos también meditábamos en el vuelo liviano de las aves con que el paisaje mismo se recoge en la forma de un refugio delicado. El transcurso de ejecutar la obra fue principalmente una acción intuitiva de identificarse con la situación de cualquier ave preparándose para el deber de ponerle al mundo sus nuevas criaturas. En nuestro caso, lo que “poníamos en nido” era más bien ese modelo de interacción equilibrada con el entorno durante el proceso de producción artística, propiciando así una mirada de empatía hacia otras especies que también deberían aprovechar de nuestras prácticas creativas en el paisaje. Habitaran la obra o no, comoquiera estas piezas tendrían su función cultural como objeto de contemplación y discusión ecológica.


Vigas antiguas de ausubo sirven de soporte para cada uno de los nidos epífitos. Estas maderas viejas quedan hincadas en la tierra, sembradas en la grama del jardín como mástiles primitivos de nuestra historia añejada. Hace más de cien años atrás se construyeron artesanalmente estas vigas que aprovechamos para la construcción de la obra. Con ellas se estructuró el edificio de una antigua tabacalera ya demolida. Los retazos sobrantes de la demolición fueron rescatados y reciclados para la construcción de nuestra instalación. Las vigas viejas y deterioradas registran en su apariencia el paso del tiempo y sugieren su pretérita utilidad que tanto aporta a la estética de la obra. Este aspecto histórico quisiéramos conservarlo haciendo de su uso en la actualidad una evidencia vigente del pasado. La madera no necesitará ningún tratamiento, puesto que ya fue curada con técnicas naturales de antaño. Hasta el día de hoy ha demostrado su resistencia ante las inclemencias del tiempo y el desgaste, sobreviviendo décadas de utilidad sin que las termitas la acabaran. Nunca le dará polilla ni comején debido a su extrema dureza. Una de las características propias de la madera del Ausubo, que hace de su materia un recurso predilecto para la construcción, es precisamente la dureza. En tiempos pasados esta especie endémica llego a convertirse en recurso codiciado por los españoles para la construcción de su embarcaciones y estructuras arquitectónicas coloniales. Hoy día pertenecen al listado de especie nativas protegidas en el país.


Para estructurar el esqueleto rígido de los nidos utilizamos una rejilla metálica de alambre galvanizado que resiste la oxidación intempérica que corroe los metales. Este recurso fue rescatado de la basura en perfectas condiciones, desperdiciado y desechado una vez cumplió su propósito provisional como jaula de gallinas. Con este material fortuito le dimos forma esférica a cada uno de los nidos, consiguiendo que fueran livianos y huecos por dentro. Una vez adaptada su forma a las medidas de la viga, empezamos a adherirle el tejido orgánico que recubriría el esqueleto metálico con vegetación.



El recubrimiento entero de la rejilla lo conseguimos con el empleo de una planta epífita conocida popularmente como el clavel del aire. Esta planta endémica es una especie de bromelia perteneciente a la familia de las Tillandsias. Su nombre científico, Tillandsia recurvata, la define como una planta que solamente requiere el apoyo físico para vivir. No es una planta parasítica como erróneamente muchos creen, puesto que nunca se nutre de su huésped, en donde encuentra el apoyo físico que requiere, sino que, suspendida en las ramas de otros árboles, recibe sus nutrientes de la lluvia, el polvo y otras partículas aéreas que recolecta con sus barbas. Sobrevive perfectamente del aire en condiciones húmedas y no se limita únicamente a las ramas de los árboles, sino a cualquier cosa donde logre enredarse. Pueden proliferar en postes, cables, alambres, rejas, vigas, varillas, portones, etc.


Una vez ensamblado, le clavamos estacas quemadas al cuello de las vigas, justo debajo de los nidos. Solamente un puñal quedó clavado en una de las vigas. Su propósito no era sólo que los pájaros encontraran en los mangos sobresalientes sitios para ponerse, sino además con esto queríamos hacer referencia a la leyenda detrás del “Clavel del aire”. En resumen, cuenta la leyenda que un oficial Español se enamora con obsesión de una indiecita que le huye trepándose en un árbol. Como la indiecita no quiere bajar a amarlo, éste la amenaza con un puñal. Por ella no entregarse, decide tirarle el puñal que queda clavado en su pecho. Esto la hace caer como un pájaro muerto entre su brazos, pero no sin primero salpicar su sangre en las ramas del árbol donde se había trepado. De la sangre salpicada en la ramas del árbol germina esta Tillandsia. Según la leyenda, este es el origen del “Clavel del aire” y la explicación de por qué además es una planta epífita.


Para nosotros las construcciones de los animales inspiran sensación de intriga por la vida. Nos producen gran admiración porque consiguen despertarnos la curiosidad por la inteligencia animal. Aunque nos  influencian mucho el diseño, nunca intentamos imitar las apariencias exactas de estas estructuras naturales en el momento de crear nuestras obras. Más nos estimula esa sensación propia del asombro que nos provoca la aparición de estas estructuras sofisticadas, creadas por otras especies, cuando nos encontramos con ellas en el paisaje. Cada vez más intencionado queremos hacer obras de arte que no parezcan creadas por personas, pero que a su vez manifiesten con su talante una sensibilidad natural por el detalle, evidenciando la inteligencia innata de la vida por la utilidad para supervivir.


martes, 30 de agosto de 2016

Pupa


La obra, emplazada en el huerto comunitario de Sabanera, en el pueblo de Dorado, corresponde a un taller didáctico de intervención artística, conceptualizado para orientar a los estudiantes de la escuela Tasis acerca de las tendencias artísticas en los "Earthworks". Durante una semana entera estuvimos dirigiendo un proyecto en donde los estudiantes aprendieran a trabajar en grupo y a colaborar con ideas compartidas mediante la creación de una obra para ubicarse al intemperie. El taller consistió de presentaciones audiovisuales, breves charlas teóricas de arte y ecología, reforzadas con ejercicios básicos de estudio, observación, documentación y ejecución de la obra en el paisaje. Con nuestra orientación los estudiantes realizaron en conjunto un gesto artístico manifestando ideales de sustentabilidad, así maximizando el uso de los recursos naturales para su ejecución. Se construyó la obra con lianas de Cupey, hojas de Yerba Enea, flores de Clavel, Maga y Brucayo, todas encontradas en el huerto comunitario de la escuela donde intervenimos. La obra, además de ser una estructura para contemplar el paisaje, también sirvió de albergue para los patos y las gallaretas que habitan en el lugar. Su título, Pupa, no solo describe su forma y diseño, sino también alude metafóricamente al proceso de metamorfosis que experimenta un adolescente durante su pubertad y transformación académica para convertirse en el adulto universitario.





Primero se construyó una estructura rígida con lianas de Cupey, hincadas en la tierra por ambos extremos hasta formar arcos entrecruzados como bóveda de arista. Luego, de abajo hacia arriba, fuimos tejiendo en espiral una piel de trenzas con Yerba Enea para revestir la estructura. Su diseño resultó en una especie de canasto invertido con forma de jaula, no obstante, con apertura para permitir el acceso adentro. Cuando terminamos de cubrir todo el esqueleto estructural del bohío con el tejido trenzado de la yerba Enea, entonces comenzamos a recolectar las flores del jardín añadiéndole ornamentos de color al diseño. Curiosamente los patos y las gallaretas empezaron a entrar en la obra atraídos por las flores que colocamos en su estructura.




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Leafall


Durante el mes de marzo del 2013, estuvimos visitando con frecuencia la reserva nacional del Yunque en Puerto Rico, acompañados de científicos y guardabosques del U.S Forestry. Con estos especialistas nos adentramos en el “wilderness” profundo del bosque lluvioso tropical para conocer los estudios que allí realizan a diario. El propósito de nuestras visitas, organizadas por el Museo de Arte Contemporáneo de Puerto Rico, era el de estimular las ideas interdisciplinarias entre el arte y la ciencia.



Conociendo los parajes insólito del Yunque, a través de los estudios científicos del U.S Forestry, quedamos asombrados con la gran cantidad de información que los expertos obtienen del bosque mediante la recolecta de la hojarasca. Para esto, los científicos distribuyen canastas, todas ubicadas estratégicamente en diferentes partes de la reserva, donde capturan y registran la materia orgánica que cae dentro de ellas. Estos llamados “plots” los están constantemente revisando, manteniendo, monitoreando y documentando, así almacenado objetivamente toda data que recopilan de ellas. Dentro caen flores, semillas, tallos, ramas, insectos, plumas, etc., pero mayormente hojas. Es asombroso descubrir como cada hoja que cae en estos “plots”, aporta con una información valiosa, tanto química como también biológica, acerca del estado del bosque en el presente. Toda información se archiva organizadamente en un banco de datos que luego le sirve a los científicos para interpretar mediante gráficas estadísticas y mapas conceptuales que analizan cambios e ilustran la transformación del bosque en los últimos 50 años.


Entender como cada hoja que cae en cualquiera de estas canastas porta con tan vital información del bosque, nos llevó a idear un gesto poético de intervención pertinente al término “leafall” que tanto utilizan los científicos para referirse a esta data. En seguida lo relacionamos al poema concreto l(a del poeta norteamericano e.e. cummings y lo que más oportuno nos parecía de este vínculo conceptual era el existencialismo implícito en ambas circunstancias. Pudiéramos interpretar que la hoja que cae en el verso concreto de e.e. cummings expresa la existencia como un instante insólito de tiempo que fuga en su presencia de vida indefectible.


Para evocar este pensamiento existencialista en la labor anónima de los científicos, decidimos revelar el texto del poema en la hoja de un árbol del Yunque. Era además necesario revelar el poema de e.e. cummings en una hoja de Ausubo, no sólo porque proviene de una especie endémica que emplaza la idea dentro de la ontología propia del territorio especifico en discurso, sino también porque en la forma misma de su estructura botánica nos permitiría plasmar el poema completo a lo largo de su superficie, marchitando eventualmente con su color rojo característico que contrasta a perfección con el follaje verde de los demás arboles circundantes.


Debido a que las hojas son fotosensibles, gracias a sus cloroplastos, conseguimos plasmar en clorofila el texto del poema mediante la sobreexposición de la luz. Para esto, fijamos en registro la hoja fresca de Ausubo tras un vidrio transparente que contenía el texto del poema en vinilo bloqueando totalmente la luz. Quedó así bajo el sol unos cuantos días hasta marchitar solamente donde la luz le diera y revelar el texto. Luego de este proceso, pegamos la hoja de regreso en la misma rama en donde la arrancamos, utilizando la sabia pegajosa de un árbol de Tabonuco vecino a este. Bajo la sombra de esa rama, instalamos también una de las canasta de los científicos, pero con el propósito de eventualmente capturar en ella la misma hoja intervenida cuando volviera a desprenderse por el viento y a caer por la gravedad.


Nuestra intervención en la Reserva Natural del Yunque realmente quiso apreciar el instante inmediato de nuestra presencia pasajera en el bosque, derivando nuestra mirada de contemplación hacia la fugacidad del tiempo, así comprendiendo nuestro entorno natural como un todo eterno y a la vez cambiante, compuesto de los minúsculos movimientos de vida que simultáneamente ocurren en cada intervalo indefinido de la existencia. La acción de esa sola hoja cayendo, aisladamente en el bosque, ilustraba el texto del poema gráficamente en el momento, empleando las mismas técnicas visuales del autor e.e. cummings. La aportación nuestra fue la de conjugar el conocimiento científico con el significado poético de la obra hasta transformar un poema concreto, también en un poema objeto de acción y contexto biológico; uno que en su circunstancia efímera, lograra describir el Yunque alterándolo mínimamente sin pretensiones permanentes.


miércoles, 23 de septiembre de 2015

Silueta de Puerto Ferro


En abril del 2013 visitamos la reserva natural de Vieques, Puerto Rico, con el propósito de ejecutar una obra regenerativa en el ecosistema del lugar. Más bien llegábamos en busca de una idea que se integrara en la propia otología del territorio mediante el manejo de sus recursos naturales, pero sobre todo, para esclarecer contextos históricos ocurridos en el área. De entrada, nos interesaba el hecho de que la reserva le había pertenecido por 6 décadas a la marina militar de los Estados Unidos y por fin cumplía su primera década libre de los ejercicios bélicos que por tanto tiempo allí se realizaron. 

Aún 10 años después de que cesaran las actividades militares, seguía el lugar inhóspito por la contaminación de tanta artillería detonada y sus remanentes explosivos. Es triste pensar que la transformación geológica del paisaje realmente figura una huella irreversible en el territorio. Nos abrumaba la sensación de saber que jamás regeneraría el paisaje en lo que una vez fue antes de quedar totalmente devastado por los bombardeos. Las agendas de limpieza, conservación y reforestación suman de igual forma a las actividades antropogénicas de nuestra relación con el medio ambiente, puesto que reconstruyendo idealizan el paisaje al gusto y a la semejanza del ser humano. Habrá que preguntarse primero: ¿Cuál es nuestra concepción de una reserva silvestre en este ecosistema que nunca estudiamos ni documentamos a tiempo antes de destruirlo? ¿Cómo es que ahora nos interesa restaurarlo y para qué finalidades económicas de explotación en el futuro reservamos el territorio?


La idea de un “man-made man-grove” surgió de manera espontanea, tan pronto llegamos a Puerto Ferro y notamos que el mangle rojo se encontraba en el pleno apogeo de su fructificación. Entender el proceso natural de cómo la especie supervive y deja caer sus semillas cónicas como proyectiles hincados en el sustrato movedizo donde germina, nos sugirió el pretexto oportuno para articular formalmente la construcción de la obra. Fantaseábamos con un cuerpo yacente, sembrado como isla y emergiendo sobre la superficie del agua hasta eventualmente echar las raíces que nos hicieran reflexionar en la huella de nuestro impacto humano. De inmediato comenzamos a recolectar la semilla del mangle, a organizarla en orden de tamaño y a sembrarla, una a una, en una parte de la bahía no profunda, pero que a su vez estuviera protegida del marullo que bate en la orilla. 

Curiosamente, David Sanes, también cumplía el catorce aniversario de su fallecimiento. Su muerte fue un suceso atroz que se recuerda en la isla porque fue el incidente que recrudeció las protestas para expulsar la marina militar de los Estados Unidos de Vieques e inspiró la opinión pública ante la defensa del territorio. Este hecho histórico era importante revivirlo en la obra, no solo porque implicaba el terrible suceso de una víctima fallida por los bombardeos en el área, sino también porque se relacionaba con el paisaje mismo dónde trabajábamos. Lo más lógico al momento era construir con semillas la silueta de un cuerpo yaciente, sepultado y germinando sobre la superficie del agua, como metáfora del renace. De esta manera reflexionábamos acerca de nuestra huella antropogénica en el territorio y de las consecuencias que implicaron nuestras propias prácticas irresponsable en el ecosistema.


Otro hecho histórico que sin duda alguna también esclarecía, quizás a través de un inconsciente colectivo, era el hallazgo arqueológico del Hombre de Puerto Ferro. Es oportuno recordar que no muy lejos del emplazamiento donde interveníamos, se había encontrado la osamenta de uno de los primeros habitante en la isla. Los antropólogos aseguran que este hombre partencia a los primeros pobladores del caribe, mejor conocidos como los Arcaicos. Según estudios forenses los restos datan 4,000 años de antigüedad y le pertenecieron a una persona de aproximadamente 45 años, similar edad a la que David Sanes tuvo cuando murió impactado por un misil durante horas de trabajo en el mismo territorio. 

¿Tendrá este paisaje específico una relación intrínseca con nuestros ancestros, a pesar de la larga evolución del territorio hasta el presente? Parecía el pasado germinar de preguntas mientras investigábamos hipersensibles a la idiosincrasia enterrada de la reserva. La respuesta fue una huella antropométrica, pero regenerativa, como evidencia de la resiliencia socio-ambiental. No sólo la silueta emergía sobre la superficie del agua para denunciar nuestro rastro antropogénico, sino también para inspirar la irónica esperanza de algún día recuperar aquello que perdimos con nuestra propia actividad. Meses después empezaron las semillas a echar raíces, a brotar sus hojas y eventualmente retoñar. Según se desarrollaba el mangle que habíamos sembrado, la silueta perdía su semejanza humana. Finalmente la huella se convertía en parte integral del paisaje con su propia forma y función biológica en el ecosistema. Hoy día la silueta antropomórfica no existe, pero sí queda un mangle frondoso, esparramando lentamente su crecimiento en proyectiles de semillas por toda la costa verde de Puerto Ferro.